Dicen que un clavo saca a otro clavo, que no hay más desprecio que no dar aprecio. Tantos refranes y dichos sobre lo mismo. Quizá ya me costaba volver a creer en el amor, en esas mariposas juguetonas y en los besos verdaderos. Todo eso sólo era capaz de sellarlo una persona, ¿pero dónde se escondía? Fracaso tras fracaso, mis esperanzas se reducían a la mitad, como mi voluntad tras cada copa de alcohol. Me volvía frágil y vulnerable cuando tras una cita nunca volvía a escuchar el teléfono y no volvía a saber de él. Trataba de que una parte de él se quedase aquí conmigo, pero siempre volvía para llevarse todo lo que le pertenecía, mis sentimientos incluidos. Echaba de menos cuánto me daba, aquel amor pobre, limitado y escondido de las miradas de desaprobación del resto.
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